RUMBO
A LA ETERNIDAD
“Una amigo
verdadero está contigo cuando lo necesitas, aunque deseara estar en otra parte…”
Conocí a Ruber Augusto Arrubla Franco por allá a
finales del 2002, época en que se fusionaron las instituciones educativas y
estrenábamos el “flamante” cargo de rectores, nuevas funciones y nuevos
problemas y un denominador común para todos, lidiar con la tecnología. Fue en
ese momento en que apareció de milagro nuestro amigo Ruber, con su enorme
capacidad para solucionar los retos que la moderna máquina nos planteaba, y esa
buena voluntad que ponía a prueba nuestra incertidumbre, además de un corazón
generoso, de niño complaciente, para brindarnos las respuestas adecuadas en el
instante preciso. Contribuyó a que cumpliéramos de muy buena forma con los
deberes y sobre todo siempre nos sacó de apuros. Lo recuerdo con su voz medio
ronca y elevada que le daba un aire adusto, de autoridad; su figura y
apariencia un tanto desaliñada, indiferente ante la crítica o la opinión ajena,
lo cual denotaba en él su espíritu libre, -de perpetuo infante- y esa
personalidad tan peculiar que sorprendía por su espontaneidad y desparpajo, lo
cual no dejó de ser fuente de controversia y debate por donde tuvo bien pasar.
Ahora que ya no está entre nosotros me preguntaba por cuál es el sentido de la
vida, ¿para qué vivimos? Creo que la vida humana es como vela encendida, nos
provee de luz, ilumina, ofrece calor, ahuyenta los temores y brinda seguridad.
Hemos sido creados y vivimos para ser luz y calor entre los que nos rodean.
Considero que en ese sentido nuestro amigo Ruber fue una vela encendida, en su
labor docente y en sus múltiples actividades de apoyo administrativo siempre
prestó su concurso, sin importarle fecha ni calendario, fue lumbre en días de
sombra e intranquilidad. Siempre con el ánimo dispuesto a echar una mano a
quien lo solicitase, porque como buen funcionario y persona pensaba que los
horarios y tareas que la ley señala en
un papel son cosas inventadas por algunos para justificar su poco sentido de
pertenencia a una institución o su limitado profesionalismo. Aprovecho entonces
esta solemne oportunidad para hablar del ser humano y del funcionario diligente
y solidario, de sus debilidades y demonios particulares no me corresponde
hablar porque entiendo que todos somos imperfectos y algún muerto debemos tener
en nuestro armario, eso sí, jamás le escuché hablar mal de alguien. Hoy solo existen
ánimos para recordar a un amigo, a un buen amigo que se nos acaba de adelantar
en el camino a la eternidad. Dicen que el agradecimiento es algo que los ciegos
ven y los sordos escuchan, por eso para Ruber un agradecimiento sincero por su
contribución a la noble causa de educar y colaborar sin esperar una retribución
a cambio, le pedimos a Dios Padre que lo bendiga y lo acoja en su seno, que a
cada instante le brinde una suave caricia para que sienta ese cariño que los
que estamos aquí no le podemos entregar, para que no esté solo y alcance la paz
que a lo mejor aquí no supo encontrar. Amén
Noremberg. Enero 30 de 2012. Sevilla (V)
